Activismo gordo: ¿cómo escapar de “la policía de los cuerpos”?

Laura Contrera es filósofa, activista y coeditora del libro “Cuerpos sin patrones” (Ed. Madreselva). Otras formas de pensar talles, formas y pesos menos esclavas y más gozosas existen.

¿Nos frustramos al comprar ropa que no entra? ¿Nos sentimos presas de la dieta? ¿Nos gritan «gorda» en la calle? Laura Contrera (42) es Licenciada en Filosofía, abogada y doctoranda en estudios de género. Se define como feminista y militante por la diversidad corporal, y en 2016 coeditó un libro sobre activismo gordo junto a Nicolás Cuello: Cuerpos sin patrones. Resistencias desde las geografías desmesuradas de la carne (Editorial Madreselva).

Los feminismos de Argentina vienen con una producción teórica que repiensa los estereotipos culturales y cómo nos afectan en el día a día. Insultos, críticas, burlas, todo recae sobre los cuerpos de las mujeres. 

​Tener un buen culo (o «lomo») también es cuestionado (¿te hace menos o más feminista?), pero entre la libertad y la sobreadaptación surgen otras miradas que piensan en términos de «autonomía corporal».  Esta independencia de ciertos mandatos es premiada con una gozosa plenitud de los paladares (milanesas, helado, chocolate, nada es excluido) pero sobre todo con una vuelta de tuerca sobre el estético: «me gusto como soy». Desarmando cualquier proporción áurea del 90 60 90, las medidas «perfectas», las indicadas, las ponemos nosotras.

¿Contra qué discute el activismo gordo? No pone el foco en cuestiones de salud enfermedad, sino en lo que Contrera identifica como «la policía de los cuerpos»: la industria de la cosmética, las farmacéuticas, la moda, y las clínicas de estética. Dialogamos con ella para conocer más en profundidad su mirada:

-Contame cómo te acercás al concepto de autonomía corporal y si hubo alguna experiencia vital (biográfica) que te hizo despertar. Seguramente hubieron muchas.

Fueron muchas experiencias, propias y de mi entorno, las que intervinieron en la forma de pensar mi cuerpo y su posibilidad de decisión. Pero hubo una fundacional, pues es la que me acercó al activismo gordo en busca de las respuestas que el feminismo y los activismos sexo-genéricos: ¿qué hago con la vergüenza y la incomodidad que tengo de mostrar mi cuerpo? Y, ¿cuál es el nombre de la violencia que sufro en diversas situaciones, al ir al médico, a una entrevista de trabajo o simplemente caminar por la calle por el mero hecho de portar más peso que el que debería marcar una tabla cuya eficacia científica es dudosa?

Esa experiencia fundacional la recuerdo bien, porque fue un momento en que alguien se refirió a mí como una “gorda pelotuda” como modo de descalificar mi opinión. En ese momento pesaba bastante menos que ahora por una enfermedad que me aquejaba y, de todos modos, el insulto fue eficaz en virtud de mi propio historial de gorda y del peso literal y metafórico que porta esa palabra: el adjetivo calificativo “gordx” no alude solamente al peso corporal que tenga alguien, sino que también implica encarnar muchas otras cosas negativas. Así, ser gorda es también ser una persona fea, indeseable, infeliz, poco saludable, incompetente, floja, amorfa, lenta, sin voluntad, fuera de control, e incluso, repulsiva. Me di cuenta de que el insulto funcionaba y que necesitaba desactivarlo con la vieja estrategia de la resignificación. Para hacer eso precisé encontrar un activismo que existe en el mundo angloparlante desde la década del 60 del pasado siglo y también necesité juntarme con otras personas gordas para pensar la especificidad de nuestra opresión. Y como no quise quedarme en el lugar de víctima padeciente al que me reducía la descalificación, muté el insulto en resistencia, escribiendo un texto en el que salía del closet de la gordura.

-¿En qué cosiste el activismo gordo y dónde lo llevás adelante?

El activismo gordo, básicamente, reivindica la especificidad de la opresión y violencia que sufrimos las personas gordas en un mundo que, básicamente promueve y alienta nuestra desaparición mediante la vulneración de todos nuestros derechos fundamentales. Si bien los seres humanos venimos en todos los tamaños, colores y tallas, además de todas las posibilidades de orientación sexual e identificación de género, lo cierto es que los cuerpos que se salen de las normas hegemónicas despiertan gran ansiedad social.

A la necesidad de señalamiento constante de la falla en corporizar lo que socialmente se espera en materia de género, orientación sexual, bajo la forma de la injuria, la discriminación o el consejo bienintencionado, lo llamamos «policía de los cuerpos». La inquisitoria persistente estigmatiza profundamente a las personas. Entonces muchos terminan transformando sus cuerpos o sus conductas para adaptarse a los patrones corporales imperantes en cuanto al peso. El activismo gordo resiste este estado de cosas y señala a muchos de los responsables: la industria médica de la dieta, el neoliberalismo magro, el heterocispatriarcado, para decirlo resumidamente y con etiquetas amplias.

¿Y cómo se desarrolló ese recorrido?

Yo activo públicamente desde hace muchos años: primero lo hice con unos textos y un fanzine que se llama Gorda!. Luego fui forjando mis amistades y afinidades políticas. El taller Hacer la Vista Gorda es un espacio que iniciamos en 2015 junto a Nicolás Cuello. Lo pensamos como un laboratorio de exploración sobre políticas gordas y corporalidades impropias, por fuera de las narraciones terapéuticas y de auto-ayuda habituales para lxs gordxs. Este espacio de intercambio teórico y experiencial devino pronto en grupo de afinidad y colectivo de intervención política en diversos procesos de organización y movimientos que buscan desmantelar la red de opresiones sexuales y de género: logramos incluir el primer taller de activismo gordx en la grilla oficial del Encuentro Nacional en Resistencia (2017) y lo continuamos en el Encuentro regional Oeste y en Trelew (2018), participamos de las asambleas preparatorias del 8M, 3J y de las movilizaciones por el derecho al aborto legal.

-¿Cómo se cruza la gordura con otras variables de exclusión?

El peso dista de depender exclusivamente de las cantidades ingeridas de alimentos, pues en su determinación intervienen muchísimos otros factores (hormonales, neuronales, genéticos, metabólicos, etc.), además de otras variables como el entorno social, nivel de ingresos, la clase, el género, la orientación sexual, la edad o el origen étnico. Muchxs autorx han notado que las oportunidades de alimentarse y de gestionar la salud o acceder a otros derechos básicos son muy distintas según dichas variables. La narración cultural y mediática, en cambio, asume que la gente gorda come demasiado o elige mal.

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#Repost @emergentesmedio (@get_repost) ・・・ #Resistenciagorda, #deseoyautonomía. #8M El feminismo es para todo el mundo, dijo bell hooks. Lástima que a estas alturas, haya que aclarar que libertad de expresión no es dejar hablar al fascismo versión siglo XXI. No las nombro, porque a las transodiantes no hay que darles prensa. Sólo voy a decir que haremos lugar en el feminismo a nuestros culos gordos, porque las gordas tortas bisexuales locas discas travestis putas migrantes maricas racializadas sobrevivientes empobrecidas originarias masculinidades lesbianas y trans sordomudas afrodescendientes, cis o trans, endo o intersex, no binarias, nos cansamos de ser la escoria de un movimiento que tiene que luchar contra toda opresión de este sistema hetero cis pstriarcal y del neoliberalismo magro. Ya mismo. Texto: @louduluoz @hacerlavistagorda

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La forma hegemónica de pensar a la gordura -como una patología en sí misma-, no apunta a poner en jaque la redistribución de la riqueza, el acceso al alimento, al empleo o a la salud, las condiciones laborales, habitacionales de los cuerpos que engordan. Este señalamiento sobre la “adecuada” cantidad o modalidad de la ingesta invisibiliza las múltiples razones por las que los cuerpos son gordos o engordan con las particularidades regionales -y la herencia colonial- que suelen olvidarse a la hora de condenar ciertos alimentos y los modos de comensalidad de determinadas comunidades (especialmente, las racializadas, las pobres, las migrantes, las originarias). Gordura, pobreza, etnia, género y orientación sexual resultan intersecciones peligrosas.

-¿Qué opinás sobre el contrapunto entre Jimena Barón y Julia Mengolini sobre “mostrar el culo o no” y quién es más feminista, y el mostrarse o no o qué nos convierte en “mujeres objeto” vs “mujeres empoderadas”?

Creo que el contrapunto no tiene mucho sentido si lo pensamos en la lógica cerrada de “una sí, la otra no”. Por eso desde el Taller Hacer la Vista Gorda, que es el grupo donde activo, dijimos “Ni Mengolini Ni Barón: Feminismo gordo y organización”.

En el registro de la opresión estética o de la voluntad personal no hacemos mucho. Mengolini, Barón o yo podemos opinar y hacer muchas cosas con nuestros cuerpos, pero lo que importa no es una cuestión de gusto o decisión personal, sino el contexto más amplio donde se inscriben y cómo son leídas o invisibilizadas esas cuestiones, que son personales y políticas, como sabemos desde hace bastante gracias al feminismo. Ahora bien, creo que el contrapunto sólo interesa en cuanto promueve la producción de discursos críticos y auto-críticos dentro de los movimientos.

-¿Cuáles son los cuerpos feministas? ¿En qué pilares se construyen esos cuerpos que tienen que ver con la diversidad y el deseo?

En momentos donde la marea feminista y el conservadurismo neoliberal parecen chocar, la pregunta por los cuerpos del feminismo se impone. Lo interesante es ver cómo ese “nosotras” o “nosotres” que se pretende amplio, en realidad es algo elástico que hemos ido empujando desde los comienzos del movimiento, para que habiten las realidades y demandas de las personas trabajadoras o de las racialiazadas, de las pobres y migrantes, de las lesbianas y bisexuales, de las personas trans, travestis y no binarias o de las gordas.

En las últimas décadas del pasado siglo, algunas feministas y teóricas afines se ocuparon de la distorsión de la imagen corporal que padecen muchas mujeres o de los trastornos alimentarios, pero lo han hecho afincadas en el privilegio de ciertas corporalidades femeninas (blancas, heterocisexuales, no discapacitadas, de clase media, etc.), dejando de lado la especificidad de la experiencia de discriminación, injuria, patologización y estigma que sufren las personas con alto peso corporal y las intersecciones de los distintos ejes de dominación/opresión. El activismo gordo se distancia y discute esta visión dominante en el feminismo por tantas décadas.

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Reivindicar la dimensión de la diversidad corporal, pero también de género y sexual y como juega eso con el deseo es una apuesta política. Y cuando digo política me refiero a la vida misma. A hacer lugar no sólo para nuestros cuerpos y reclamar el goce de todos los derechos, sino también hacer un mundo mejor y más habitable para todxs. Podemos decir que en Argentina hoy existe un activismo y un feminismo gordo organizado y potente.

-¿Qué opinás del imperativo «dieta y gimnasio» en las revistas femeninas?

Donde hay que poner el acento acá es en la palabra “imperativo”: la idea de una obligación generalizada, que no puede cuestionarse y que no tiene en cuenta las derivas individuales. Ese combo obligatorio forma parte de algo más grande, que podríamos denominar con unxs investigadores del CONICET, Flavia Costa y Pablo Rodríguez, como el “dispositivo de la corporalidad” actual. Así, la idea que tenemos de nuestros cuerpos contemporáneos se produce asociando belleza, salud y delgadez, como algo imposible de desanudar. Como si la gente delgada no pudiera estar enferma o no pudiera haber gente gorda en perfecto estado de salud. También se piensa que el estilo de vida “saludable” conduce necesariamente a un cuerpo delgado, fibroso, esbelto, negando la diversidad corporal evidente en la que encarna la humanidad.

En este esquema, el peso corporal aparece siempre como algo como controlable, entonces la gordura es una condición voluntaria. Los medios masivos fomentan esta idea representando a la gente gorda como perezosa y/o ignorante. Además, la alusión a la salud también potencia el alcance del estigma de la gordura y autoriza, en cierta forma, su difusión en prácticas tanto individuales como públicas. Y eso se retroalimenta.

No hay mentes macabras detrás de los dispositivos, sino que son un conjunto de prácticas, saberes, instituciones y leyes que interactúan en forma de red, definiendo para una época los estándares de salud, belleza y normalidad corporal.

– ¿Hay que contruir otro tipo de seducción? Cómo interviene el cánon corporal en el deseo.

Hay que construir un mundo nuevo donde los cuerpos no sean una mercancía en un mercado del deseo mezquino y rígido. Y otro deseo es posible, claro, si ponemos en jaque ese deseo ligado a ficciones romantizadas de la belleza y la plenitud corporal. Lxs activistas de la gordura no queremos invertir la jerarquía actual de los cuerpos, una jerarquía donde nuestras vidas se hallan en el fondo de la tabla junto a otras corporalidades leídas como falladas, menos aptas o impropias. Lo que queremos hacer es estallar las jerarquías. Por eso nuestro activismo se piensa como parte de un más amplio movimiento de la diversidad corporal, de género y sexual.

Fuente: Clarín.

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