La cara b de la ‘fiesta curvy’

En los últimos tiempos parece que asistimos a una especie de jubileo de todas las mujeres que no caben en tallas inferiores a la 42 (y que, ¡oh sorpresa!, son la mitad en España). Cada portada de la reina del ramo Ashley Graham -y últimamente lleva unas cuantas: ‘Sports Illustrated’ en marzo y ‘Maxim’ en abril- se celebra desde las redes sociales hasta la prensa generalista con fastos de plusmarca. Aparecen libros como ‘#Curvy’, de Covadonga D’lom, en el que se llama a unirse a algo bautizado como #Revolucioncurvy. La prensa se llena de artículos hamletianos que se preguntan si, esta vez por fin, la industria de la moda y el entretenimiento dejan de atufar a gordofobia. E incluso la revista ‘Time’ llevó en febrero en portada a una Barbie curvilínea junto al título: «¿Y ahora podemos parar de hablar de mi cuerpo?».

“Sería más integrador

incluir otros cuerpos
sin especificar que
son tallas especiales”,
afirma la artista
Yolanda Domínguez

A veces una frase concentra un puñado de contradicciones. Y parece que esta es una de ellas. ¿Qué estaba pidiendo presuntamente la muñeca? ¿Que cesaran los juicios sumariales contra los cuerpos femeninos? ¿O que se dejara de criticar a Mattel, ahora que, después de 57 años, ha decidido abrirse a la diversidad de tallas, alturas y razas?

Lo cierto es que la talla 44 es la más vendida en España y, según el Ministerio de Sanidad, el 40% de las mujeres tienen problemas para encontrar prendas que se adapten a sus medidas, un surrealismo que alimenta un sector, el de las llamadas tallas ‘plus size’, que está creciendo al 5% a escala europea y que ha encontrado su ‘star system’ en una corte de blogueras y modelos que piden paso y muchas de las cuales ya han lanzado sus propias firmas.La misma cuestión late en todo lo que rodea al fenómeno ‘curvy’ (sí, tienen razón: la palabra resulta irritante en sí misma y en su concepto, porque curvy, atención, es todo lo que hay más allá de la talla 40). Que el foco se esté poniendo en un sector que hasta anteayer permanecía en penumbra ¿es síntoma de un cambio cultural capitaneado por blogueras, artistas y activistas o simplemente un señuelo de la industria para enmendar errores y que dejen de una vez por todas de tocarle el bajo de los pantalones?

¿EUFEMISMOS?

Algunas de ellas, como la bloguera y activista británica Bethany Rutter, se reapropian con fiereza y gallardía de la palabra gorda, término que seguramente las persiguió por el pasillo del instituto. Al fin y al cabo, dice Rutter, no todas las mujeres de hechuras grandes tienen las silueta de reloj de arena que se asocia a las curvies. Y, sobre todo, ¿para qué usar eufemismos?

Menos cortante resulta el manual de Covadonga D’lom, un auca de una mujer que repite sin cesar que es feliz y se siente bella mientras convierte su día a día en una pesadilla antifeminista cuajada de manzanas, gimnasios, sujetadores reductores, fajas y frases del corte: «Lo que más te estiliza es tu sonrisa» o «ánimo, chicas, que los caballeros las prefieren grandes».

Más allá de la anécdota, en las pasarelas tampoco se avistan grandes cambios. En una entrevista en la revista ‘Paper’, la estrella del gremio Nadia Aboulhosn admitía lo «frustrante» que es que te señalen como ‘curvy’ y que ya no puedas trabajar con grandes marcas. «Lo emocionante vendrá cuando se dejen de considerar a los cuerpos que se salen del canon como algo excepcional y empiecen a ser vistos con normalidad», aseguraba. La realidad le da la razón con tozudez. ¿Recuerdan que las cadenas NBC y ABC censuraron por «obsceno» un anuncio de Lane Bryant en la que Ashley Graham y otras modelos aparecían en ropa interior en actitudes que no apelaban al deseo masculino -como dar de mamar- cuando jamás dijeron nada parecido del desfile de lencería de Victoria’s Secret?

La artista visual Yolanda Domínguez, que lleva años señalando los tics perversos de la moda, critica que, ya de entrada, el término curvy califique de excepcional algo natural. «No me parece una solución integradora, que sería la de incluir otro tipo de cuerpos en los catálogos y tallas en las tiendas sin especificar que se trata de una talla especial y conviviendo con la diversidad». Para Domínguez, iniciativas como la de Mango -que dedica su línea y tiendas específicas Violeta al tallaje que va de la 40 a la 54- lanzan un mensaje envenenado: «’Tú no puedes entrar en mi tienda porque no hago ropa para ti, pero como no quiero perder la posibilidad de venderte algo abro otra con un nombre diferente’».

Es cierto que, como apunta la artista, «las cosas están cambiando desde que las mujeres se autorrepresentan», pero también que la batalla pinta larga. Al fin y al cabo, la industria de la moda y la belleza lleva décadas explotando la inseguridad femenina apuntalando como ideal de belleza algo al que una solo se puede acercar consumiendo (muchas) cremas, dietas, operaciones y tendencias.

Fuente: El periódico.

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